La Luz sucede a las tienieblas

La luz sucede a las tinieblas
Juan Carlos Ceballos

Desde lo alto de la cordillera celeste o en el inframundo de lo increado, trato de llegar hacia ti; vivo atado, encadenado como la noche al día, como el alma al cuerpo, como la sal en el mar, a ti. ¿De qué manera le puedo explicar a mi corazón que tu existes, que estas presente?; él, ya dejo de creer en el momento, en ese instante en que tu aliento se materializa, dándole forma a un cuerpo que vive en la profundidad y el misterio del mar. ¡Cuantas vidas necesité para llegar a ti!. Hoy estas aquí, en medio de una batalla entre dioses y demonios: guerreros samurais que se levantan sobre las olas, sobre el viento, por encima del cosmos; combatiendo a su espíritu, a su mágico cuerpo que resiste la temporalidad. Soy un olvido, un constante olvido que no puede alejarse de un recuerdo del futuro como muestra de un instante que nunca ocurrió. Soy tan sólo un esclavo, un poderoso guerrero que ha olvidado todo honor. He violentado a Mani: el Budha de la luz, he flagelado gargantas con precisos golpes sarracenos, he cambiado las filosofías del cosmos, a los ancianos astrales y a mi moribundo corazón. La muerte transformó, de repente, mi vida. Ese día dos hechiceros que fanatizan el culto a la sangre cubrieron mi rostro con la huella del astro sol; el viscoso aire, tan denso como el magma de la gruta, volvieron visibles los corpúsculos de luz, una luz que palidecía como el follaje de las hojas de los eucaliptos en otoño; la tierra húmeda y caliente, jaspeada, humeante, llena de recuerdos en cada gota de agua que resbalaba sobre las estalactitas de la aperlada caverna. Lagrimas afiladas punzaban sobre mis ojos, trataban de romper sus cristales para apagar el fuego que en ellos habita: un flama, en otra era, que Afrodita labró por vez primera en mi cuerpo para iluminar el camino de los mortales seres, habitantes hoy de tu mundo, un lugar poco digno de ti: exótico, primitivo, desconcertante; lleno de falsos profetas, de fanáticos politeístas adoradores de la nostalgia del paraíso: la región suprema, deseosos por navegar de nuevo en sus cuatro ríos. Hoy estoy aquí, en la cordillera del Uttarakura, en el paraíso de Amida, en el monte Kúen-luen, estoy presente en los cuatro vientos; esperando tan sólo el sonido de tu voz para llegar a ti; esperando que las aves te miren y vengan para indicarme el camino; el sendero que me lleve a las ocho puertas, y con mi llave de tres dientes ascenderé por la espiral que conduce al séptimo cielo, donde la música de ángeles, aves y sirenas acompañan la voz de Dios acogiendo al elegido, al paraíso que eres tu.

Juan Carlos Ceballos
Veracruz, Ver. México
Verano del 2000

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